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No sólo el cambio climático provoca sequías; también lo hace el hombre

Y es que, a veces, la realidad supera a la ficción. Eso ocurrió en un valle, situado en la zona centro de un país, donde históricamente siempre se habían producido abundantes cosechas. La razón era porque el agua abundaba. Hasta el valle llegaba un río caudaloso de manera directa, que lo cruzaba de extremo a extremo, y donde cada granjero y agricultor podía tener el agua que necesitaba en abundancia. Por eso las cosechas no se basaban en el fruto de secano sino que medraban los árboles frutales. Los que vivían allí en esa época de abundancia decían que, al estirar las manos hacia los árboles, había tanto fruto para recoger, que se llenaban las manos de inmediato con suculentas y coloridas piezas de fruta que se podían comer al instante.

Entonces un día todo esto cambio. Fue cuando en la carretera principal que conducía al valle alguien colocó un cartel que decía: “¿Es lícito el consumo de agua para producir alimentos?”. A continuación apareció una asociación que defendía los derechos medioambientales. Esa asociación medioambiental consiguió que el gobierno hiciese un plan de protección de un pez que habitaba en las aguas del río. Como consecuencia de ello, se determinó que había que hacer una represa en el río para mantener un nivel de agua idóneo para así conservar a esa especie.

Pero esa protección medioambiental tuvo un efecto directo en el valle. Al cortarle el suministro directo del agua, los granjeros y agricultores dependieron, en su mayoría, del agua de lluvia como su principal fuente de suministro porque, con la presa, se habían quedado sin agua. Solicitaron al gobierno el 5% del agua represada, pero aquella petición nunca fue escuchada. El agua nunca fue bombeada hacia sus campos.

Entonces llegó la sequía, la falta de lluvias. Y, con ella, la muerte de los campos.

Los granjeros y agricultores, desesperados por ver cómo sus cosechas se arruinaban, intentaron sondear la tierra en busca de acuíferos. También contrataron a maestros del agua para que les buscasen puntos de perforación. Y, ante esta situación desesperada, algunos de ellos fueron capaces de hasta robar el agua de los depósitos municipales durante la noche (como el del depósito de las duchas públicas). Estaban dispuestos a hacer lo que fuese con tal de dar de beber a sus campos. La situación se agravó hasta el extremo de que los granjeros y agricultores se enfrentaron con las asociaciones medioambientales y con la ley, que empezó a penar y condenar el robo del agua.

Entonces, una joven reportera, que se crio en el valle y que ahora trabajaba en la gran ciudad, comenzó a investigar. Regresó a su pueblo del valle por la muerte de su padre, pero lo que realmente le preocupó fue la muerte lenta y trémula que estaba sufriendo el valle. Y descubrió la verdad.

Qué, paradójicamente, una barrera medioambiental mal enfocada (porque la presa no había conseguido que el pez se regenerase en el río) había provocado la sequía. Pero descubrió que todo aquello formaba parte de un plan premeditado por la mano avariciosa del hombre.

El problema estaba en el abogado de una de las principales valedoras de la asociación medioambiental, la que había conseguido desviar las aguas para proteger el pez. Este hombre tenía todos los poderes de su clienta y había desviado los fondos de la asociación para crear un fideicomiso de empresas que, bajo la extorsión y la amenaza, estaban comprando las fincas de los granjeros y los agricultores que, bajo la presión de la sequía, veían como se perdían las cosechas y como sus tierras bajaban de precio de día en día. Aquel abogado, movido por la avaricia, quería hacerse con todo aquel valle valorado en millones de dólares por unos pocos miles de dólares.

Huelga decir que, una vez que todo salió a la luz, se descubrió que toda la responsabilidad recaía sobre el abogado que, a instancias de su clienta y de la asociación medioambiental, había hecho todos estos subterfugios. Una vez que todo se supo, la asociación medioambiental, los granjeros y los agricultores, trabajaron juntos para recuperar el valle. El agua de la presa se compartió con equilibrio. También se salvó al pez pero, junto con esta especie, también se redimió de la extinción a miles de familias que vivían de la tierra.

 

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