Tenerife: agua, olvido y sequía | Wladimiro Rodríguez Brito

Hemos olvidado en unos años los signos de progreso más serios en la historia de la isla picuda. Entender lo que ha ocurrido en el último siglo en Tenerife nos obliga a una lectura de las obras hidráulicas, que han aportado algo básico en la vida de dicho territorio. Y es que Tenerife estuvo en tercer lugar en los aportes hídricos de Canarias varios siglos, manteniéndose en una media de 30 Hm3, hasta que la perforación de galerías y pozos aportó lo que la naturaleza había guardado bajo su piel. Hasta bien avanzado el s.XX, entorno a los años 30, la isla disponía de algo menos de 50 Hm3/ año; la situación cambió en sólo cuarenta años, se multiplicaron los caudales por cuatro, para situarse en la década de los 70 en algo más de 200 Hm3, situación que se produce extrayendo reservas, ya que los recursos disponibles no cubrían tal volumen.

Actualmente estamos hipotecando no sólo el futuro, sino también el presente. La isla ha perdido más del 50% del caudal que manaban las galerías en la década de los 70, mientras hemos doblado la población en este periodo. Se ha aumentado el consumo por habitante, por lo que tenemos la obligación de tratar este tema como algo prioritario en el plano social y económico.

El descenso de más de 100 Hm3 en cuarenta años es una mala cifra que debe hacernos reflexionar, si bien las desaladoras están cubriendo el hueco de manera coyuntural, no olvidemos el papel de los alumbramientos de agua distribuidos por toda la isla, algo básico para abastecer a la población y para mantener la agricultura y la vida en el interior de la isla. Esta situación se explica por la sobre explotación del acuífero insular, pero también por la descapitalización del sector de galerías y pozos. En este sentido se carece de gestores en las galerías, canales, obras básicas de mantenimiento,? además, se ha apostado por la venta de agua a puerta de la galería, con rentabilidad a corto plazo, y por la desvinculación con un patrimonio económico-cultural por parte de la segunda o tercera generación de los que buscaron el agua. Es necesario un acercamiento entre las instituciones públicas y las comunidades de riego, pozos y galerías.

De una generación “heroica” se pasa a una “rentista”. Es difícil entender que en la isla picuda se construían en los años 70 una media de algo más de 20 Km de galerías al año, es decir, 10 metros al día, mientras que hoy no construimos al año lo que antes se hacía en un día, tiempos en los que labrábamos más de 50.000 Has, construyendo sorribas, estanques, canales, carreteras, viviendas, escuelas, hospitales, etc., etc. Ahora solo miramos a las desaladoras como alternativas, y nos acordamos de las depuradoras cuando aparecen las microalgas.

Otra cultura y otra política son necesarias; obras hidráulicas y gestión del agua es mucho más que desaladoras. Hemos de invertir más recursos económicos en resolver la problemática del agua, tanto en mejora de las canalizaciones y red de distribución, como en la depuración y red de canales hacia el mundo rural. En otro estado de cosas, se requiere el fomento y el apoyo por parte de las instituciones a comunidades de regantes. Se impone, por razones obvias, rescatar social y culturalmente otra visión del agua y su gestión, ya que es difícil mantener los actuales niveles de consumo y derroche del líquido elemento, con un alto nivel de insolidaridad regado por la ignorancia. La sequía no es solo meteorológica, necesitamos regar ideas de solidaridad y compromiso propio de los tiempos. Este año se ha puesto de manifiesto el agotamiento del modelo en Vilaflor, Icod de los Vinos y El Rosario, donde se palpan síntomas, no sólo del agotamiento de los acuíferos, sino también de una red y una gestión cargada de ineficiencias.

 

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