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Agua para todos, pero no para todo

eldiario-es2Tengo un amigo al que le persigue una pesadilla recurrente. En mitad de la noche su hijo pequeño le llama pidiéndole agua y mientras recorre la casa para llenar el vaso comprueba con desespero que todos los grifos están secos. No hay agua en casa. Se echa a la calle. Los comercios están cerrados. La fuente del pueblo también está seca. No hay agua y en sus tímpanos sigue vibrando la voz del niño: “Tengo sed, quiero agua”.

No somos conscientes del alto valor del agua y de su carácter imprescindible para la vida porque siempre tenemos un grifo a mano. Pero ¿Qué ocurriría si un buen día el agua dejara de ser tan accesible?

Podemos imaginar nuestra existencia en un planeta más cálido, menos confortable, rodeados de un entorno natural más inhóspito y menos acogedor, con una mayor dificultad para disponer de la energía o con menos opciones de movilidad. Pero ¿se han parado a pensar en lo verdaderamente problemático que sería vivir en un mundo en el que no tuviéramos garantizado un acceso casi instantáneo y seguro al agua potable? Seguramente no. No nos lo planteamos porque simplemente el agua siempre ha estado ahí, forma parte del equipamiento de serie cuando habitas éste lado del mundo. Pero convendría que le diéramos su justo valor a ese hecho tan simple: el de abrir el grifo y que salga agua.

La Asamblea General de la ONU aprobó en 2010 una resolución que, para todos de los que sentimos pasión por el agua, supone uno de los documentos más trascendentales de cuantos ha emitido la comunidad de naciones a lo largo de su historia.

Se trata de la resolución 64/292 por la que el máximo órgano de la ONU establece el acceso al agua potable y de saneamiento, no solo como derecho humano, sino como el requerimiento básico para la consecución del resto de derechos. Pero cuando la ONU habla del agua como derecho humano se refiere al agua para beber y al agua para vivir: para la higiene personal, la preparación de los alimentos y la limpieza del hogar. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) para atender esas necesidades básicas bastaría con una dotación de 50 litros de agua por persona y día.

Un agua que no puede hallarse a más de media hora de tiempo o de un kilómetro de distancia del consumidor, que no puede estar contaminada con sustancias orgánicas o inorgánicas que constituyan una amenaza para la salud humana y que (ojo al dato) en ningún caso debe representar un coste superior al 3% de la renta básica de los habitantes.

El derecho a esa cantidad de agua, en dichas condiciones y a ese precio es la madre de todos los derechos. Agua para todos, pero no para todo.

Lo que no recoge la resolución 64/292 de la ONU es el derecho al agua para cultivar tomates en comarcas desérticas donde a duras penas medraría el cereal o para construir en plena paramera subdesértica urbanizaciones de centenares de chalets con piscina privada y zona ajardinada.

No reconoce como derecho humano los millones de litros de agua necesarios para mantener en el sur de España más del doble de campos de golf que en toda Escocia. No reconoce el derecho a barrer con la manguera de alta presión, conectada a la red de distribución de agua potable, las calles de nuestras ciudades. Ni tampoco admite como derecho que la industria contamine el medio ambiente con aguas residuales en lugar de recuperarlas y reciclarlas para propiciar su uso circular.

Porque mientras nosotros hacemos ese uso inadmisible, ilógico, descabellado y absurdo del agua, en la otra mitad del mundo todavía hay alrededor de mil millones de seres humanos que viven a más de un kilómetro de distancia del agua más cercana y no saben lo que es un grifo. Personas que recorren a diario distancias superiores a los diez kilómetros para hundir su cántara de barro en una poza o en una charca maloliente, donde abreva el ganado, y regresar cargados con ella para dar de beber a los suyos. Y no, no es demagogia. Son datos actualizados de Naciones Unidas en su último informe sobre el cumplimiento de los objetivos del milenio.

Hace unos años asistí a una escena que resume a la perfección lo que les he querido contar a propósito del agua para todos. Enganchada con sus manitas a una verja, mientras su padre de acogida la sostenía sobre los hombros, una niña de la República Árabe Saharaui Democrática miraba con los ojos abiertos como platos a un aspersor de riego en marcha. “Le encanta”, me dijo aquel hombre bueno, “me pide que bajemos cada tarde para verlo”.

Ante los ojos de aquella niña recién llegada de los campamentos de refugiados del pueblo saharaui en la desértica región de Tindouf, donde el agua es un lujo, aquel aspersor de riego rociando el césped con agua de beber representaba como ningún otro el sueño de un mundo inalcanzable, en el que no solo hay agua para todos, sino para todo.

Feliz Día Mundial del Agua 2015.

Fuente: http://www.eldiario.es




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