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Agua fría, agua caliente

Nuestra mente tiene una peculiar manera de retener las experiencias pasadas, tal vez un mecanismo de supervivencia que se esconde en algún gen de nuestro cuerpo. Pasa de todo y retiene dos cosas: lo peor puntual y lo último.

Una de las cosas más misteriosas que nos ocurren es cómo el tiempo parece diluir los pesares y nos quedamos con el rescoldo último y tal vez algún episodio traumático que nos marcó en el pasado. En realidad no es nada misterioso y tiene una explicación. Del mismo modo que no solo está constatado sino que ocurre a menudo que, a la hora de elegir entre repetir una amarga experiencia y una experiencia amarga con dulce al final, elegimos esta última, aunque en el tiempo sea más duradera y la golosina tarde en llegar.

Pongo un ejemplo. En invierno me ocurre algo curioso. Todos los días, a la hora de preparar la mesa, saco una botella de agua puesta a enfriar en la nevera. Luego vierto su contenido en una jarra destiladora y luego relleno con agua fría del grifo la botella vacía. A medida que se va llenando se hace más evidente una sensación de calor que se transmite del cristal a la mano. Las dos aguas están frías, solo que la utilizada para rellenar la botella de cristal no está tan fría como la primera lo que genera paradójicamente una sensación agradable de calor. Calor procedente del frío.

Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía, realizó una vez un experimento que alcanzó la fama. Tomó un grupo de voluntarios y les pidió que sumergieran una mano en agua a 14º C. No es una temperatura agradable. Debían tenerla sumergida 60 segundos. Seguidamente, cada voluntario debía volver a introducir su mano en agua a 14º durante otros 60 segundos, pero con el añadido de que a partir de ese momento y durante 30 segundos más, se vertía agua caliente que elevaba la temperatura del tanque un grado. No es que fuera precisamente agradable, pero se notaba la diferencia. El experimento no acababa aquí. Transcurrido un tiempo (para que el voluntario recuperara su temperatura corpórea), se le volvía a pedir que introdujera la mano en uno de los dos tanques, pero se le daba a elegir cuál. El 80% de los voluntarios elegía el segundo tanque.

Objetivamente era una mala elección. Preferir 90 segundos a 14-15º en vez de optar por la opción más corta en el tiempo no es compensado por una leve variación de la temperatura. Elegimos a conciencia el malestar más duradero.

El experimento demuestra que nuestra mente tiene una peculiar manera de retener las experiencias pasadas, tal vez un mecanismo de supervivencia que se esconde en algún gen de nuestro cuerpo. Por decirlo de una manera basta: pasa de todo y retiene dos cosas: lo peor puntual y lo último.

A todos nos pasa como individuos y como colectivo. Una persona, por ejemplo un adolescente, atraviesa una mala racha. La revolución hormonal y el afianzamiento a contrapelo de la personalidad le hace despreciar la experiencia de sus mayores y estar ubicado permanentemente en el ‘no’. Esto para el que convive con él puede ser desesperante, incluso puede vivir alguna pifia que pase de castaño oscuro. Pero antes de tomar una decisión ocurre algo, un detalle, una actitud diferente y motivadora. Un algoritmo lo tendría claro: evaluaría todo el período y propondría una acción para encauzar la situación. Pero el ser humano no funciona como un algoritmo en muchas ocasiones: graba la pifia y el detalle final, la golosina. Y la decisión es dejarlo pasar.

 

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